Desde hace unos meses Jorge (mi esposo) ha estado viniendo a mi estudio a trabajar en piezas conmigo. Siendo una persona demasiado curiosa, empezó a preguntarse de dónde venía y cómo se hacía el barro con el que trabajábamos y decidió empezar a investigarlo.
La verdad es que yo no soy una persona a la que le guste mucho experimentar así que dejé que él hiciera el trabajo sucio y yo, cómodamente, esperaría el resultado final.
Nuestro lugar favorito en San Miguel de Allende es una presa a donde vamos todos los fines de semana con nuestro perro. Ahí, Jorge descubrió que el lugar tenía tierra rica en arcilla, el cual es el principal componente para las piezas de barro. Así que a la semana siguiente, además de nuestro picnic, fuimos acompañados de pala y cubetas para recolectar tierra y a partir de ahí empezó la experimentación.
Y yo, fiel a mi postura de esperar el resultado, decidí documentar el proceso.
Nos llevamos la tierra a casa y el primer paso fue extenderla y dejarla secar por varios días para que perdiera toda la humedad.
Ya seca, rompimos los terrones para hacer una molienda fina.
De ahí, la pasamos a una cubeta, la remojamos, lavamos y la dejamos reposar toda la noche para, por medio de la decantación, separar la arena de la arcilla y el limo, ya que la arena se queda en el fondo y la arcilla y el limo se quedan flotando en una segunda capa.
Al día siguiente hicimos el primer filtrado, con mucho cuidado para no remover la arena del fondo. En este primer filtro, el limo se queda en la tela y nos quedamos solo con la arcilla y el agua.
Después, filtramos de nuevo con una tela mucho más cerrada (descubrimos que las bolsas ecológicas de super funcionan perfecto para este proceso) para separar la arcilla del agua.
Ya que quitamos la mayoría del agua, pasamos la arcilla a una bolsa de plástico para airearla sin que pierda toda la humedad y pueda adquirir la consistencia adecuada para trabajarse.
¡Pronto les platico si logramos el resultado deseado!